Emigrar muchas veces significa empezar de nuevo. Cambiar de país, adaptarse a otro idioma, aceptar trabajos que quizá nunca imaginamos y aprender a vivir lejos de aquello que durante años sentimos como propio.
Pero empezar de nuevo no necesariamente significa dejar atrás quiénes éramos.
Esa es parte de la historia de Lizzie Florez, una caleña radicada en New Jersey que, mientras construye su vida en Estados Unidos, ha decidido seguir haciendo espacio para una de sus grandes pasiones: la actuación y el arte.
Comunicadora social, actriz, locutora y publicista, Lizzie llegó a Estados Unidos con una conexión con el escenario que comenzó prácticamente desde niña. Según cuenta, pisó por primera vez unas tablas de teatro cuando tenía apenas dos años y desde entonces nació una relación con el arte que terminaría acompañándola incluso después de emigrar.
“Yo no quiero ser esa persona”
Al llegar a Estados Unidos, la actuación no aparecía precisamente entre las oportunidades más evidentes.
Lizzie recuerda una conversación que terminó marcándola. Conoció a una mujer relacionada con el medio artístico y, al preguntarle por esa etapa de su vida, recibió una respuesta que la hizo reflexionar: aquella persona había decidido dejar todo eso atrás para concentrarse en el trabajo y la familia.
La reacción de Lizzie fue inmediata:
“Yo no quiero ser ella en unos meses diciéndole eso a otra persona.”
Para ella, la actuación no era simplemente un pasatiempo. Era parte de su identidad.
Esa relación con el arte es tan importante que decidió representarla incluso en un tatuaje: una línea de ritmo cardíaco que simboliza cómo su vida cambia cuando está haciendo arte.
“Sin arte yo no soy nada”, explica.
Empezar desde abajo también hizo parte del camino
Como ocurre con muchos inmigrantes, su historia en Estados Unidos no comenzó sobre un escenario.
Su primer empleo fue en un restaurante colombiano y la experiencia, según recuerda, fue particularmente difícil. Llegó a trabajar jornadas de 12 horas y cuenta que incluso hubo una ocasión en la que caminó bajo la lluvia hasta el restaurante, llegó completamente mojada y tuvo que continuar trabajando con la ropa y los zapatos húmedos.
Finalmente salió de aquel lugar y comenzó a buscar otras oportunidades.
Después llegó a un restaurante italiano donde permaneció alrededor de tres años y medio.
Allí encontró un ambiente diferente, hizo amistades y tomó una decisión importante: utilizar ese nuevo entorno para mejorar su inglés.
Entró realizando tareas sencillas, pero cuando apenas llevaba unas semanas surgió una oportunidad como bartender. Aunque no tenía experiencia, decidió intentarlo, aprendió y asumió el reto.
Era otra pequeña transformación dentro de una historia que apenas comenzaba.
Más adelante llegaría también el trabajo de oficina y nuevos espacios profesionales. Lizzie describe cada uno de esos empleos como si fueran capítulos diferentes de un libro de inglés: primero aprendió el vocabulario y la dinámica del restaurante; después, los de una oficina.
Adaptarse también significaba aprender constantemente.
La pandemia y la necesidad de volver al arte
Durante la pandemia apareció nuevamente una oportunidad de acercarse a aquello que realmente la apasionaba.
Lizzie comenzó a participar en un programa de YouTube con una iglesia cristiana de Cali a la que había asistido durante años. Allí encontró nuevamente espacio para la danza y otras expresiones artísticas.
La experiencia le confirmó algo que ya sentía: no quería que su vida se limitara únicamente a levantarse, trabajar, regresar a casa, dormir y repetir la misma rutina al día siguiente.
Necesitaba conservar esa parte de su vida que la hacía sentirse viva.
De ser reemplazo a quedarse con el personaje
Una de las oportunidades que marcaría su regreso al escenario llegó de una manera inesperada.
Una conocida le habló de una obra de teatro que necesitaba una actriz de respaldo. El papel inicialmente no era suyo: debía estar preparada por si alguna integrante del elenco no podía presentarse.
Además, tendría que desplazarse hasta Nueva York para ensayar.
Lizzie aceptó.
Grabó el casting, recibió el libreto y decidió no conformarse simplemente con estar preparada “por si acaso”. Se aprendió completamente una de las escenas.
Cuando llegó a uno de los ensayos, precisamente la actriz a la que debía reemplazar no se presentó. Le preguntaron si necesitaba el libreto.
No lo necesitaba.
Había memorizado la escena.
Actuó, bailó y cantó. Su preparación llamó la atención del equipo y, poco después, recibió un mensaje de la asistente de dirección: el personaje dejaba de ser un reemplazo y pasaba a ser suyo.
Era una pequeña demostración de algo que se repetiría a lo largo de su historia: las oportunidades pueden aparecer inesperadamente, pero estar preparado para ellas hace la diferencia.
Del teatro a una serie grabada entre New York y New Jersey
Su camino continuó abriendo nuevas puertas.
A través de otro actor conoció la posibilidad de participar en una producción que estaba reuniendo talento latino. Lizzie se interesó, hizo los contactos necesarios y terminó formando parte del proyecto.
La serie reúne actores que se desplazan desde diferentes lugares para participar en las grabaciones, incluyendo New York, New Jersey, Texas y Miami.
Al mismo tiempo, Lizzie continúa vinculada al teatro.
Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de su historia: quienes participan en estos proyectos no necesariamente viven exclusivamente de la actuación.
Son latinos que trabajan, tienen responsabilidades, horarios y compromisos, pero encuentran la manera de reunirse, ensayar y continuar construyendo ese sueño.
Como ella misma explica, todos llevan esa vida llena de obligaciones, pero mantienen algo en común:
el deseo de seguir haciendo lo que les gusta.
Emigrar no tiene por qué significar olvidar quién eras
La historia de Lizzie representa una realidad con la que muchos inmigrantes pueden identificarse.
Llegar a Estados Unidos puede obligarnos a cambiar temporalmente de profesión, aprender otro idioma, trabajar largas jornadas o comenzar nuevamente desde posiciones que nunca imaginamos.
Pero aquello que nos apasionaba antes de emigrar no necesariamente tiene que quedarse en el país que dejamos atrás.
Para Lizzie, la clave está en no permitir que esa pasión desaparezca simplemente porque todavía no podemos vivir de ella.
“Si uno tiene una pasión, no puede dejarla morir porque no está viviendo de eso.”
Su mensaje tampoco se queda en la idea romántica de que basta con desear algo para conseguirlo.
Los sueños requieren acción.
“Uno debe trabajar por alcanzar esos sueños”, afirma. Para ella hacen falta disciplina, persistencia y constancia; estar dispuesto a desplazarse, ensayar después del trabajo y aprovechar las oportunidades cuando finalmente aparecen.
Una llama que hay que seguir alimentando
Quizá una de las mejores imágenes que deja la conversación con Lizzie es la de una pequeña llama.
Todos podemos tener algo que nos apasiona: actuar, cantar, escribir, emprender, pintar, cocinar, crear o desarrollar cualquier proyecto que alguna vez imaginamos para nuestra vida.
Emigrar puede hacer que esa llama se vuelva más pequeña.
Las responsabilidades aparecen. El tiempo disminuye. El cansancio aumenta.
Pero no necesariamente tenemos que apagarla.
“Si uno tiene un fueguito aquí por algo que uno ama, uno no debe dejar que esa llama se muera”, dice Lizzie. La idea es seguir alimentándola, incluso cuando todavía no pueda convertirse en nuestra actividad principal.
Y al final de la conversación deja otra reflexión que quizá resume todavía mejor su manera de ver el camino.
Para ella, antes de alcanzar cualquier sueño existe un trabajo todavía más importante: trabajar en uno mismo.
Considera que cuando una persona evoluciona, encuentra claridad y aprende a enfocarse, comienzan a aparecer nuevas posibilidades. En su caso, además, ese proceso está profundamente acompañado por su fe y por poner sus proyectos en manos de Dios.
La historia de Lizzie Florez todavía se está escribiendo entre New Jersey, New York, su trabajo, los ensayos, el teatro y las cámaras.
Y quizá precisamente ahí está lo especial de su historia.
No es la historia de alguien que un día dejó todo y mágicamente comenzó a vivir de sus sueños.
Es la historia de una inmigrante que sigue trabajando, adaptándose y cumpliendo con las responsabilidades de la vida cotidiana, pero que se niega a olvidar aquello que alguna vez soñó ser.
Porque emigrar puede cambiar el lugar donde vivimos.
Pero no tiene por qué cambiar aquello que nos hace sentir vivos.
